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jueves, 9 de febrero de 2012

Recuerdo


He recordado de nuevo cómo es enfrentarse a su monstruo.
Nos movemos por la habitación, chocando con las paredes, pero sin perderlo nunca de vista. Nos paramos delante de él y le hablamos, le razonamos y volvemos a explicar el sinsentido de lo que balbucea de forma infinita. Elevamos la voz, esperando la réplica que ya hemos oído un centenar de veces en apenas un minuto. Por un momento, la calma de saber que nuestras palabras tienen lógica nos acompaña y creamos discursos ordenados, buen trabajo de retórica. ¿De qué le sirve al monstruo, si se ha quedado enganchado en una idea y sólo grita intentando zafarse?
Minutos después, con la garganta dolorida, callamos todos. Dormimos agotados por la rabia. El monstruo se calma. No recordará al día siguiente; tampoco nosotros diremos nada, porque no vale la pena. Eso es lo que consideramos “seguir adelante”.

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