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martes, 12 de noviembre de 2013

A modo de armadura

Hoy he visto en dos ocasiones a mi padre por la calle. Por supuesto, en cada ocasión tenía una vestimenta distinta y una constitución física radicalmente diferente. Pero el ver acercarse a mi madre a esos señores, que por mera apariencia me recordaban a él, ha hecho que por un momento pensase que tendría que defenderla.

En mi cerebro sigue grabado un miedo muy concreto. Todavía recuerdo el día en que sólo bastó una llamada de él para visualizar mentalmente y de forma vívida la amenaza. Mi madre también pudo crear la misma imagen en su cabeza; por eso llevó tres abrigos para caminar por la calle en diciembre y poder denunciarlo. Si la amenaza se cumplía, al menos la ropa pararía la herida o la muerte.
Hoy ha pasado de forma veloz la secuencia: se parece a él- no es posible que esté aquí y ahora en este lugar-no es posible, sí, pero si es él, hay que tener cuidado- piensa rápido qué hacer si hiciera algo contra ella.


Han pasado ya casi veinte años desde aquel día, pero esas chaquetas superpuestas a modo de armadura (la marrón, la gris, la negra y gris) no se me olvidan. Qué panico debió de sentir ese día caminando por la calle sola. Imaginarlo ahora que estoy tan cerca de la edad que ella tenía entonces me resulta espeluznante.

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