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domingo, 17 de noviembre de 2013

Atardeceres

Durante una buena temporada fuimos espías secretos por la calle.

Ella veía amenazas en todas partes. Zigzagueaba por la acera intentando evitar a los señores y señoras que le querían hacer vudú, que querían maldecirla, que querían robársenos. Gritaba o insultaba a la multitud y hacía gestos grandilocuentes, dando a entender que sabía que estaban allí, que por mucho que se escondieran ella podía detectarlos.
Sólo cuando decidimos unirnos a sus misiones fue cuando dejamos de sentir vergüenza. También nosotros estábamos atentos a los ruidos en la casa de al lado, a las posibles personas repetidas en la calle. Acabamos rindiéndonos los dos, porque nada era más duro que estar metidos en una casa sin luz, sin ir al colegio y totalmente aislados del mundo, y con el único pulso real y constante de que todo pudiera ir todavía a peor. Lo más sencillo fue rendirse y colaborar y creer que al menos algo tenía sentido todas las tardes, cuando ya había bajado completamente el sol, y lo único que podíamos hacer para no gastar más dinero en velas o pilas para las linternas era salir a la calle y deambular. Tantos pasos erráticos, a veces frenéticos, si ella veía algo. Alguna vez nos escondimos en alguna tienda para dejar pasar al enemigo y podíamos volver satisfechos a casa.

Bastante de aquello se me ha quedado grabado en la sangre. Sólo hace falta tener algo de miedo o tener el cerebro algo cansado para que se active como un resorte la frenética creación de patrones para darte a ti misma la razón de que algo malo está a punto de ocurrir.

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