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viernes, 6 de diciembre de 2013

La casa (I)

La casa se convirtió en un refugio, en un bastión, en una gruta oscura.

La puerta de entrada y su mirilla.


No tardamos mucho tiempo en aprender que en ese lugar teníamos que estar armados con todo tipo de precauciones. Si sonaba el telefonillo, si llamaban a la puerta, lo primero era el sobresalto. En los primeros meses mi hermano y yo corríamos a escondernos a la habitación. A unos metros de ese lugar seguro, mi madre gritaba para que él se fuera. Él intentaba reconciliarse, traía regalos a veces. Quería vernos y sentíamos pánico. Con los nervios se nos escapaban risillas, confiados en que ella se ocuparía del gran dragón dando golpes y bufando al otro lado.
Después, cuando él ya se había ido lejos, su lugar lo ocuparon miedos proyectados en forma de gente. Podrían intentar engañarnos mientras ella no estaba en casa; por ello, teníamos que ser más listos. Debíamos pedir que demostrasen su identidad y nunca abrir la puerta, porque tal vez él hubiera mandado a alguien para llevársenos. 
Nunca ocurrió nada, sólo pánico cada vez que sonaba el timbre. Llegamos a ser muy silenciosos cuando se oía algo fuera, y aprendimos a crear nuestra torreta de vigilancia acercando una silla con todo sigilo para poder asomarnos al otro lado.
Unos meses después, una llamada nos despertó de ese largo letargo en que nos había dejado la continua búsqueda de amenazas. 
En esa época ya no teníamos luz, así que golpearon una y otra vez la puerta hasta que mi madre abrió. ¡Cuántos fantasmas habían rondado durante ese tiempo ante el trozo de lente en la puerta sin ni siquiera rozarnos! Ese día se encarnaron en unos nudillos, unos puños contra la madera. Policías. Personas de carne y hueso, no deformadas ya por el ojo de pez, y con un fin concreto hacia nosotros. Real, finalmente. 

A pesar de que este recuerdo está más que deshilachado por el tiempo, sé que sentí como un sueño a aquella gente invadiendo entrando en nuestra casa. 



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