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domingo, 26 de enero de 2014

La casa (II)

Tantas ventanas como pruebas en un libro de aventuras:

Al asomarnos a la primera ventana, la mirilla. Ya conocemos el foso, el dragón y el resto de monstruos alados y voraces.

A través de la segunda, la de la habitación azul, llegaba el insomnio. Esta ventana sólo se mostraba activa de noche, cuando el sol se apagaba y todo quedaba a oscuras. El modo de luchar contra los enemigos estaba en depositar una lámpara en el gran pasillo de llegada y mantenerla encendida durante horas. Luz amarilla e intensa. Escudo contra la murmuración nocturna.

En la habitación pálida la vesania llego lustros después. En ella la joven dama hizo eternas guardias emboscada tras las rendijas, y tejió en su mente grandes batallas imposibles y escenas dignas de ser bordadas en un tapiz imperial. Retazos de ni tan siquiera la realidad fueron el alimento durante tardes y tardes. La pobre joven dama no encontró el veneno adherido a su cuerpo, acelerando las paredes de su corazón, hasta que la locura se había apoderado de su mente e imaginación.

El gran patio de armas quedó cerrado parcialmente al mundo externo. Presentimos la decadencia al caer el muro. Durante las embestidas de la pobreza, el resplandor rojizo de las velas fue nuestro pasatiempo. Jugar con la cera, hacer figuras en la sombra o mirar a la llama cabeceando respondiendo a mis preguntas. El día en que se acabó el hechizo de nuestra enajenación compartida y la luz nos hizo ver el lugar de nuevo, nos dimos cuenta de todos los objetos fuera de lugar, algunos invadiendo de forma grotesca cada espacio.



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