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domingo, 11 de enero de 2015

Desorden

Aquel día estaba todo patas arriba, pero se podía decir que había sido un día tranquilo, cuando ya no esperábamos nada, ni bueno ni malo, y ya estábamos plenamente metidos en el juego de las persecuciones. La policía ya hacía días que se nos había llevado, la mesa con comida se quedó abandonada en el salón para dar paso a todos los que entraron y miraban el frigorífico en el salón y no sabían por qué. Cuando preguntaban y explicábamos no les era suficiente. El frigorífico hacía ruido donde estaba, se convertía en una máquina infernal que hacía que a ella le doliese la cabeza y no pudiese concentrarse o dormir. Si aquella casa ya era nuestro fortín, podíamos colocar las cosas donde quisiésemos. Ellos no lo entendían. Con los años llegué a ver qué es lo que ellos no comprendían de un frigo en el salón, pero nunca me desharé de la certeza de que no era una locura, sólo un movimiento raro para salvar la cordura.

Y en aquellos días, con toda la impunidad, él entró allí; y entre todo el caos -caos con sentido para nosotros, que nos habían obligado a abandonar-, robó. Y gritamos que él había robado y no importó. Y 22 años después una puede despertarse de un mal sueño y sentir todavía esa impotencia de vivir en un mundo en el que nada tenía sentido y no podías gritar, porque tenías 10 años, pero sí se te podían pedir explicaciones y hacerte leer sentencias judiciales y denuncias.

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