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lunes, 1 de febrero de 2016

Espacio

La mujer de la habitación con la foto de Laika me hizo un croquis: "aquí hay una línea que separa la cordura del mundo donde tu mente está atrapada en ella misma". Con su boli azul hizo la raya y luego un círculo. Con ello quiso señalarme que unos años de pastillitas azules podían acabar en un momento, si mi pie-cerebro se inclinaba hacia el lado en que el boli azul había garabateado el círculo apretado, intenso (y temible, por tanto).
Después de dejar el sustento químico de mi tranquilidad-cordura no soy capaz de recordar qué partes de la angustia podían pertenecer a mi educación en el miedo y cuáles al desenganche. Nunca llegué a aprender a enfrentarme a mi yo cerval, cervatillo, huidizo y aterrado por momentos. La química de mi cerebro había sido modificada ligeramente, se había ralentizado, y yo no había logrado aprender a domar ese calor que sube y me atrapa desde el estómago hasta la coronilla, y me pincha a veces en el corazón. 

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